sexta-feira, maio 28, 2010
Hay que ser realmente idiota para...
Julio Cortázar
"Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.
Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.
Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso --lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad-- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforescente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con o que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre."
domingo, maio 09, 2010
O casulo
Olho para você e percebo na umidade dos seus olhos se hoje é ou não um dia feliz.
Sento e te observo tocando violão. Tua voz me faz prestar atenção em letras nunca antes percebidas. Escutar-te cantar é algo como entrar em outra dimensão, de paz e gozo.
Mas às vezes o mundo bate à porta e te arranca violentamente desse silêncio d'alma. Desse muro que te envolve e que foi tão cuidadosamente talhado. Então você se fecha num casulo onde só há uma música alta, que ensurdece o mundo, que não deixa o coração escutar os motivos que te fazem chorar.
E eu me sinto com cinco anos observando um amiguinho que chora. Nesse momento eu sou você e tudo também dói em mim e é dos meus olhos que as lágrimas escorrem.
Depois você me abraça, escuta as batidas do meu coração e já não sabemos quem sou eu e quem é você.
Sento e te observo tocando violão. Tua voz me faz prestar atenção em letras nunca antes percebidas. Escutar-te cantar é algo como entrar em outra dimensão, de paz e gozo.
Mas às vezes o mundo bate à porta e te arranca violentamente desse silêncio d'alma. Desse muro que te envolve e que foi tão cuidadosamente talhado. Então você se fecha num casulo onde só há uma música alta, que ensurdece o mundo, que não deixa o coração escutar os motivos que te fazem chorar.
E eu me sinto com cinco anos observando um amiguinho que chora. Nesse momento eu sou você e tudo também dói em mim e é dos meus olhos que as lágrimas escorrem.
Depois você me abraça, escuta as batidas do meu coração e já não sabemos quem sou eu e quem é você.
segunda-feira, abril 26, 2010
O muro e os dias de chuva
Os últimos dias têm sido chuvosos em Joinville. À primeira vista isso parece redundante, mas a chuva que tem caído não é igual a do restante do ano. É uma chuva gelada, de início de inverno. Uma chuva que foge do cotidiano joinvilense, que torna as pessoas mais tristes, pensativas sobre suas vidas. Ou não. Talvez ela seja exatamente igual às outras e seja exatamente essa sensação introspectiva que me faça a observar de outra maneira. O fato é que há dez minutos olhei para ela e a vi diferente, como quem toma ciência do peso das próprias roupas. Percebi que chovia, distingui a água que agora cai da de todos os dias.
Eu olhava as gotas caindo enquanto pensava sobre mim. Sobre os sorrisos e cafés que já não são mais os mesmos, sobre relações humanas, sobre tentar desabafar e ser interrompido por um comentário qualquer de alguém que você gostaria, mas não estava te ouvindo. Pensava sobre o que um dia foi um grande amor se transformando em asco (talvez um dia indiferença), sobre o que foi uma grande amizade se tornando afastamento, sobre o quanto o mundo girou e sobre o inacreditável que agora se concretiza. Voltei a me sentir, sozinha, perante tudo o que há, de uma forma que há muito tempo não conseguia. E isso não foi ruim, nem exclui as pessoas que amo, apenas as coloca perante mim, sozinha. Egoísmo? Individualismo? Alguém que foi mais e menos que um amigo certa vez me disse que eu era muito cheia dos ismos. Eu o chamei de pós-moderno, mas no fundo sabia que estava certo. É estranho ser plenamente convencida de alguma coisa tão surreal. Ainda mais estranho é inverter as coisas e enxergar como surreal tudo aquilo que não é o que você acredita.
Às vezes tenho medo de que nada disso faça sentido. Sinto-me presa num mundo que inventaram para mim (falo do mundo que condiz e do mundo que não condiz com minhas ideologias). Temo ainda mais não conseguir atravessar o obstáculo da vez. Eu estou correndo para um muro e não sei como me sentirei em nenhum dos lados dele.
Eu olhava as gotas caindo enquanto pensava sobre mim. Sobre os sorrisos e cafés que já não são mais os mesmos, sobre relações humanas, sobre tentar desabafar e ser interrompido por um comentário qualquer de alguém que você gostaria, mas não estava te ouvindo. Pensava sobre o que um dia foi um grande amor se transformando em asco (talvez um dia indiferença), sobre o que foi uma grande amizade se tornando afastamento, sobre o quanto o mundo girou e sobre o inacreditável que agora se concretiza. Voltei a me sentir, sozinha, perante tudo o que há, de uma forma que há muito tempo não conseguia. E isso não foi ruim, nem exclui as pessoas que amo, apenas as coloca perante mim, sozinha. Egoísmo? Individualismo? Alguém que foi mais e menos que um amigo certa vez me disse que eu era muito cheia dos ismos. Eu o chamei de pós-moderno, mas no fundo sabia que estava certo. É estranho ser plenamente convencida de alguma coisa tão surreal. Ainda mais estranho é inverter as coisas e enxergar como surreal tudo aquilo que não é o que você acredita.
Às vezes tenho medo de que nada disso faça sentido. Sinto-me presa num mundo que inventaram para mim (falo do mundo que condiz e do mundo que não condiz com minhas ideologias). Temo ainda mais não conseguir atravessar o obstáculo da vez. Eu estou correndo para um muro e não sei como me sentirei em nenhum dos lados dele.
quinta-feira, abril 15, 2010
A explicação das coisas
Porque hoje eu reli um texto de um poeta famoso. Porque eu amo aquele texto e sempre quis me sentir a personagem dele, e porque agora eu te encontrei e tu me amas e me fazes sentir ser ela.
Porque as tardes têm se tornado mais longas esperando te ver, ainda mais agora que combinamos que eu preciso estudar e você não vem aqui todas as noites me cobrir, dar um beijo em minha testa e me desejar boa noite.
Porque, no fim, nem adianta nada, pois quando você está longe eu me desconcentro pensando em você. E porque quando você ameaça ir embora eu enfio a cabeça no travesseiro e juro que não consigo respirar.
Porque você tem uma cara de sambista maroto e porque quando eu te vi de chapéu Panamá pela primeira vez eu me senti em uma novela de época dos anos 30. E porque se eu estiver de saia longa você dá um jeito de descobrir o que tem embaixo. Porque você me olha de um jeito que nunca ninguém me olhou.
Porque um dia você me convidou para subir a serra de moto e a gente passou a tarde inteira falando de Kafka e Bukowski ao lado de uma cachoeira. E porque você é tímido e não encontrou o caminho de me beijar.
Porque a gente forma um casal divertido e algumas pessoas odeiam o nosso jeito melado de ser, porque a gente gosta mesmo é da vida assim, docinha.
Porque você pediu para namorar comigo uma semana depois que a gente se conheceu e porque entende as minhas neuras sobre depilação e me leva tarde da noite para comprar shampoo. Porque você me ajudou a dirigir e está tentando me ensinar a arte de pedir descontos.
Porque você fica tentando me ensinar a tocar bongo e acha bonitinho eu arranhar coisas horríveis no violão. Porque eu estremeço quando você canta e adoro quando você tem ideias loucas. Porque você dança sozinho, me respeita e vai com a cara das minhas ideologias.
Por essas e outras eu fico imaginando nós dois daqui a muitos anos rindo das nossas aventuras incosequentes. Porque eu te amo.
Porque as tardes têm se tornado mais longas esperando te ver, ainda mais agora que combinamos que eu preciso estudar e você não vem aqui todas as noites me cobrir, dar um beijo em minha testa e me desejar boa noite.
Porque, no fim, nem adianta nada, pois quando você está longe eu me desconcentro pensando em você. E porque quando você ameaça ir embora eu enfio a cabeça no travesseiro e juro que não consigo respirar.
Porque você tem uma cara de sambista maroto e porque quando eu te vi de chapéu Panamá pela primeira vez eu me senti em uma novela de época dos anos 30. E porque se eu estiver de saia longa você dá um jeito de descobrir o que tem embaixo. Porque você me olha de um jeito que nunca ninguém me olhou.
Porque um dia você me convidou para subir a serra de moto e a gente passou a tarde inteira falando de Kafka e Bukowski ao lado de uma cachoeira. E porque você é tímido e não encontrou o caminho de me beijar.
Porque a gente forma um casal divertido e algumas pessoas odeiam o nosso jeito melado de ser, porque a gente gosta mesmo é da vida assim, docinha.
Porque você pediu para namorar comigo uma semana depois que a gente se conheceu e porque entende as minhas neuras sobre depilação e me leva tarde da noite para comprar shampoo. Porque você me ajudou a dirigir e está tentando me ensinar a arte de pedir descontos.
Porque você fica tentando me ensinar a tocar bongo e acha bonitinho eu arranhar coisas horríveis no violão. Porque eu estremeço quando você canta e adoro quando você tem ideias loucas. Porque você dança sozinho, me respeita e vai com a cara das minhas ideologias.
Por essas e outras eu fico imaginando nós dois daqui a muitos anos rindo das nossas aventuras incosequentes. Porque eu te amo.
sábado, abril 03, 2010
Cansaço
Naquela noite sentou na janela de seu quarto e ficou observando a rua
Deixou os pensamentos irem longe
Questionou os rumos que a vida estava tomando
Pensou no que queria fazer no futuro
Voltou a refletir sobre quem era e o que a fazia se sentir tão diferente
Das roupas aos pensamentos
Fazia já muito tempo que não exercitava essa livre divagação
Cada minuto livre agora era empregado em leituras ou tarefas sociais
Estava com um pouco de saudades de si mesma
Deixou os pensamentos irem longe
Questionou os rumos que a vida estava tomando
Pensou no que queria fazer no futuro
Voltou a refletir sobre quem era e o que a fazia se sentir tão diferente
Das roupas aos pensamentos
Fazia já muito tempo que não exercitava essa livre divagação
Cada minuto livre agora era empregado em leituras ou tarefas sociais
Estava com um pouco de saudades de si mesma
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